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La selectividad eléctrica es el punto crítico para cualquier tablero bien diseñado. Al elegir una llave térmica (interruptor termomagnético), el foco técnico debe estar en la capacidad de ruptura (medida en kA) y la curva de disparo, generalmente Tipo C para uso residencial. Una elección errónea entre un dispositivo de 10kA o uno de 6kA puede determinar la integridad de tus cables ante un cortocircuito severo. Es vital coordinar el amperaje de la llave con el calibre del conductor (AWG/mm²); por ejemplo, una llave de 20A es el estándar técnico para circuitos de tomacorrientes con cable de 12 AWG, evitando que el aislamiento del cable se degrade por sobrecarga antes de que la llave actúe.
La configuración técnica estándar utiliza llaves de 10A o 16A para circuitos de alumbrado y 20A para tomacorrientes generales. En el caso de cargas especiales como termas eléctricas o cocinas de inducción, se requieren llaves de 25A, 32A o superiores, siempre verificando que el diámetro del cable soporte dicha corriente para evitar incendios.
Técnicamente, la llave térmica protege la instalación y los cables contra sobrecargas y cortocircuitos. El interruptor diferencial tiene la función de proteger a las personas contra fugas de corriente y contactos accidentales, disparándose cuando detecta una anomalía en el flujo. Ambos son obligatorios y complementarios en un tablero normado.
Esto suele ocurrir por una sobrecarga persistente o una conexión floja en los bornes (efecto Joule), que genera calor y activa el disparo térmico. Si el disparo es instantáneo y violento, lo más probable es que exista un cortocircuito activo en la línea. Es recomendable revisar el ajuste de los tornillos de contacto cada cierto tiempo para asegurar la durabilidad del equipo.
Para asegurar una protección real y evitar paros innecesarios en tu red, analiza estas especificaciones: